Hay una frase que escucho con frecuencia entre dueños de empresas: “Chris, yo trato de delegar, pero al final todo vuelve a mí.”
Y cuando empezamos a revisar qué está pasando, muchas veces encuentro algo interesante. El dueño sí delegó tareas. Lo que no delegó fueron las decisiones.
El equipo puede ejecutar, preparar, cotizar, coordinar o supervisar. Pero cuando aparece algo fuera de lo habitual: “Preguntémosle al dueño.” Cuando hay que aprobar una excepción: “Preguntémosle al dueño.” Cuando un cliente pide algo diferente: “Preguntémosle al dueño.” Cuando hay que decidir entre dos alternativas: “Preguntémosle al dueño.”
Entonces tenemos una empresa con varias personas trabajando, pero con una sola persona pensando y decidiendo. Eso no es escalable.
Y tampoco creo que la solución sea simplemente decirle al equipo: “De ahora en adelante, decidan ustedes.” Delegar no significa abandonar.
Para tomar buenas decisiones, las personas necesitan entender bajo qué criterios pueden decidir:
¿Qué pueden aprobar?
¿Hasta qué monto?
¿Qué resultado esperamos?
¿Qué indicador deben cuidar?
¿Qué situaciones pueden resolver directamente?
¿Cuáles sí necesitan escalar?
¿Cuándo debemos revisar el resultado?
Delegar una decisión también implica transferir criterio. Si ese criterio solamente existe en la cabeza del dueño, es lógico que el equipo siga regresando a preguntar.
Y entonces ocurre algo peligroso. La empresa contrata más personas, aumenta su estructura y crece en actividad… pero la capacidad real para tomar decisiones sigue concentrada en el mismo lugar. El dueño.
Por eso hay empresarios con equipos de 10, 20 o más personas que siguen sintiendo que no pueden desconectarse ni un día. No necesariamente tienen un problema de compromiso del equipo. Pueden tener un problema de estructura.
La pregunta incómoda que haría es esta: ¿Cuántas decisiones que tomaste esta semana realmente necesitaban llegar hasta vos? Ahí puede estar una de las mejores pistas para saber cuánto depende todavía la empresa de su dueño.